Sentí como el
instinto inminente venía hacia a mí, se apoderaba de mis acciones por un
instante. En silencio atravesé la piel sin mirar, sin pensar, casi desperdicios
algunos movimientos el momento que retiré mi mano. Con calma divisé como fluía,
incluso, en un par de segundos tuve la
sensación de que aquel líquido espeso que recorría la piel en cada uno de sus
surcos con esa tonalidad rojiza intensa
era en sí hermosa y la contemplé como se derramaba con tal cuidado.
Lentamente su cuerpo se ponía
tenso, sus ojos, aquellos ojos que me cuestionaban, que me pedían
insistentemente una respuesta, al menos una.
¿Por qué yo? ¿Qué hice? ¿Por qué
ahora? ¿Por qué hoy? Lo más triste de todo es que si hubiese tenido la
oportunidad de darle una respuesta antes de darle una respuesta antes de que
cayera de bruces contra el suelo, sólo le habría dicho porque sí.
