El
fuego insistía en consumirse, mientras mis vagos intentos de alimentarlo me
tenían con la mirada perdida, observando la nada, quizás.
Una
terrible angustia me tiene encarcelada; desde hace un tiempo mi rostro cambió,
si bien mi tez es blanca, se ha tornado más pálida aún, volviéndose de un color
semejante a la muerte.
“Pareces
muerta en vida”, repite mi madre cada vez que viene de visita, yo ya no voy a
visitarla, prácticamente no salgo de casa ¿para qué salir? Si ya nada ni nadie
me sorprende, si hay algo nuevo que descubrir, no me atrae ni en lo más mínimo. Mis
ansias de seguir respirando se han reducido a la mediocridad, respiro sólo por
que mis pulmones realizan la acción sin mi consentimiento.
Sí,
he pensado en quitarme la vida, pero hasta eso me digo “¿Para qué?”, si al
final como una vez me dijiste “Todo termina cuando debe terminar, incluso la
vida”, un tanto irónico ¿no crees? Sabiendo que tu luz se apago justo en el
instante más inesperado, cuando empezabas a confiar y a enseñarme distintas
maneras de ver el mundo; finalmente mi único consuelo han sido aquellas
palabras que las guardo con recelo.
Nuestros
rostros felices y simpáticos se retorcían en medio de las brasas ¡Qué simple
parecía hacer desaparecer todo! Cada recuerdo, cada instante reducido a un
montón de cenizas. Y a mí llegó de pronto esa película de la que un tiempo
todos hablaban y se cortaban las venas cuando escuchaban “Everybody learn
sometimes”. Reducirte a un montón de cenizas, pensé que me ayudaría a dormir y
a abandonarte de una vez.
Tú
no estabas y eso lo sabía, habías dejado tu último respiro aquella noche sobre
aquella carretera nocturna que te preparaba uno que otro desliz, que estúpidos
fuimos al no despedirnos con la pasión acostumbrada de haber sabido,
seguramente tu imagen no se me haría tan amarga.

No hay comentarios:
Publicar un comentario