Y así pasó el
verano y la mami Chela no salía de su pieza, la Charito era la más preocupada,
como se le había recargado el trabajo y porque jamás la había visto así “parece
alma en pena” decía, un día con mis primos preparamos una obra de teatro para
animar a mi abuela y, aún así, con lo que le gustaba vernos hacer el loco, no
salió de su pieza. Hasta que llegó el día en que nos íbamos para Santiago en
patota, como siempre y tuvo que asomarse a despedirse. La Charo tenía razón,
realmente era un alma en pena, apenas asomó la nariz mi papi la pescó del brazo
y le dio un sermón, como si ella fuera su hija chica.
-
Mire mami, usted no se puede poner así porque el cabro
chico le gritó una sarta de estupideces, usted tiene más nietos que todavía
puede aprovechar y ese cabro e’ mierda va a volver pa’ las vacaciones de nuevo
y va a hacer como que na’ ha pasao’, si es un cabro chico po’ mami.
Mi papi se
equivocó en una sola cosa, el Nacho si volvió, pero no para las vacaciones, el
Nacho se fue al campo para el cumpleaños de mi mami Chela, el 2 de julio. Mi
abuela ya se había repuesto del mal rato hace rato, pero cuando el Nacho llegó
a saludarla le pegó la mensa cachetada “por insolente huevón”. La Charito nos
contó después que se abrazaron y lloraron como media hora y que después el
Nacho le hizo una torta.
Anoche llamó
la Charito, contestó mi mami, apenas colgó llamó a mi papá al celular que
todavía no llegaba de la pega, estaba como loca corría para allá y para acá y
no me quería decir qué pasaba.
-
¿Aló? Manuel, dónde vienes? – le decía con una voz que
estaba al borde de la histeria. – llamó la Charito, en la casa te cuento mejor.
Llegó mi papá
y se fueron a hablar a la pieza, al rato marcaban y marcaban números, la mami
Chela se había caído del caballo y al parecer estaba grave, la iban a trasladar
a Temuco para hospitalizarla. Mi hermano chico rompió en llanto cuando escuchó
la noticia, a mi me dio pena, pero yo sabía que mi abuela era fuerte. Cuando
mis papás fueron a comprar los pasajes
para irnos a Temuco por el fin de semana, sonó el teléfono.
-
¿Aló? – contesté.
-
¿Aló? ¿Florcita? ¿está el papá o la mamá? – era mi
Tata, su voz no me decía nada bueno.
-
No abuelo, no están ¿qué pasó? – le pregunté muy
urgida.
-
Florcita, pucha, Florcita – la voz de mi abuelo se
empezó a quebrar – Florcita, mi Chelita – y rompió en llanto – se fue, la
abuelita se fue al cielo.
No pude seguir
escuchando, colgué de inmediato, quedé paralizada un buen rato, veía como el
Manu chico me preguntaba qué pasaba, me desmayé.
Desperté entre
las cachetadas de mi hermano chico, que me repetía “despierta, despierta”. Por
dos segundas había olvidado la razón de mi abrupta baja de presión, pero
entonces resonó la voz de mi Tata en mi cabeza y los ojos e me fueron hinchando
hasta que rompí en un llanto desesperado, mi hermano me abrazaba con fuerza,
como queriendo protegerme. Al parecer ya dimensionaba lo que había pasado.

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