Senectud pintada a mano
sin miramientos de pereza;
lo tragicómico asalta a la histeria
y las fotografías de la juventud queman tus pestañas
con los lamentos ahogados de frustración.
La agonía te persigue
y un ensimismado retrato de la mediocridad
se burla de tu flacidez intelectual;
no queda otro remedio que quebrarse frente al espejo
y olvidar lo no vivido
y sentarse a esperar
a aquella damisela vestida de negro,
que trae de vuelta recuerdos de tu ataúd,
contaminado en gladiolos pensantes.


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